¿Crisis en la educación o una oportunidad para aventurarnos en el riesgo y la incertidumbre?

 

Inicio esta reflexión retomando un texto de Nicholas Taleb llamado Antifrágil (2012): 

 “Algunas cosas se benefician de los sobresaltos, prosperan y crecen cuando se exponen a la volatilidad, la aleatoriedad, el desorden y los factores estresantes, y aman la aventura, el riesgo y la incertidumbre. Sin embargo, a pesar de la ubicuidad del fenómeno, no hay una palabra para lo opuesto a lo frágil, llamémoslo antifrágil. La antifragilidad va más allá de la resiliencia o la solidez. El resiliente resiste las conmociones y se mantiene igual, lo antifrágil mejora(…).”

 

Y justo aquí partimos para hacernos tres preguntas clave: ¿La educación está en crisis o es su estado permanente?, ¿De qué educación hablamos?, ¿Quiénes son los implicados?.

 

Pero parece importante entender que éstas preguntas por si solas carecen de contexto, y este contexto en general es cambiante, el desarrollo de nuevas tecnologías, cambio en las prácticas de producción de conocimiento hacia tendencias más colaborativas, cultura digital y cultura de la participación, tecnología conectiva, productiva y ubicua, son parte de este contexto de cambio y en el cual situamos nuestra “crisis educativa”

 

Ahora volviendo a las preguntas, cuando se lanzaron estas pregunta a algunos amigos y colegas las respuestas fueron variadas, pero lo más importante a mí parecer era saber ¿de qué educación estamos hablando? Obviamente hablar de educación es meternos en un concepto polisémico, en donde varios factores y actores intervienen, así como el contexto político, social, económico, cultural y comunicativo, etc.

 

En general, al momento de preguntar hubo dos tipos de reacciones, los que dicen que sí está en crisis y que es inevitable una “revolución”, y aquellos que dijeron que era su estado permanente; pero volvemos a lo mismo, ¿de qué educación estamos hablando?

En este sentido habría dos vías a tomar en cuenta: aquella institucional representada por las escuelas, programas, planeaciones e instituciones de enseñanza y aquella que es la que se da en casa, es decir en la que los padres tienen un papel preponderante y que en el discurso tradicional más en los valores y por así decirlo “los buenos modales”. Para la finalidad de este artículo me referiré específicamente a la cuestión institucional.

 

No es nuevo hablar de una crisis en la educación, en mi etapa de formación fue un tema recurrente en donde siempre se decía: “algo tiene que cambiar”. No es nuevo, no estamos hablando de un Cisne Negro, algo que nos tome de sorpresa, no es un caso atípico y dicha crisis conlleva un impacto extremo. Entendiendo esto es que buscamos investigar e incluso a veces hasta inventar explicaciones para dicha premisa, cuestionando sus porqués cuando quizá hoy en día deberíamos preguntarnos ¿para qué?

¿Para qué puede existir esta crisis?

Retomando a Taleb, hablamos de sistemas vivos que generan movimiento, y hablar de educación es hablar de un sistema vivo. Estos sistemas son volátiles, o sea una de sus condiciones es que cambian y tienen variaciones, y por ello conllevan riesgos. Pero el sistema aprende y crece, y en la educación “institucional” hay muchos casos que muestran este cambio: profesores que innovan en el día a día, o instituciones que le apuestan a hacer las cosas diferentes, como podría ser la Universidad Libre de Música en Jalisco, un ejemplo de modelos educativos que rompen con el estándar, que visualizan el futuro y han decidido romper la inercia administrativa.

De acuerdo con Taleb, “a la educación -en el sentido de la formación del carácter, la personalidad y la adquisición de verdadero conocimiento— le gusta el desorden. La educación dirigida por etiquetas y normas aborrece el desorden. Algunas cosas se rompen a causa del error, otras se fortalecen”.  Partiendo de esta idea, el sistema actual de educación nos ha hecho olvidarnos de su elemento y objetivo principal: “El aprendizaje”, por lo tanto también de preguntarnos ¿cómo aprendemos?, ¿cómo aprenden nuestros alumnos?, ¿Cómo diseñamos escenarios y situaciones de aprendizaje, más allá de las planeaciones o planificaciones didácticas?

“a la educación -en el sentido de la formación del carácter, la personalidad y la adquisición de verdadero conocimiento— le gusta el desorden. La educación dirigida por etiquetas y normas aborrece el desorden. Algunas cosas se rompen a causa del error, otras se fortalecen”

La intención más que dar una respuesta es preguntarnos ¿cuál es el sentido de la acción educativa?, ¿Nos preocupa más lo administrativo, la calificación, la evaluación estandarizada o bien, nos preocupa la “enseñanza”? No estoy juzgando, todo lo anterior son elementos y acciones que nos permiten mantener un orden, pero de alguna forma nos impide pensar en lo aleatorio, en el desorden, en la incertidumbre que representa el aprendizaje, un sistema antifrágil. Como diría un compañero que tuve en la universidad “a pesar de algunos profesores logré aprender”, más allá de la certeza, el aprendizaje es un proceso no controlado, puedo impartir una cátedra y aplicar examen y mis alumnos probablemente puedan repetir las respuestas o respondan de acuerdo a lo que yo dije, pero no necesariamente movilicé saberes, lo que pasó en la mente de cada uno durante la exposición puede ser tan distinto como la cantidad de estudiantes que hayan estado en dicha cátedra.

Entender la variabilidad nos ayudaría a pensar en mejorar el escenario, el cual podría ser partir del lienzo en blanco e ir diseñando paso a paso esos escenarios o situaciones de aprendizaje que nos lleven a la movilización de saberes, en cada paso que se de probablemente exista un nuevo aprendizaje.

Ignorar un “pequeño” problema para no “hacer ruido” nos puede llevar a largo plazo a que el problema sea mucho mayor, en este caso, preocuparnos más por el estándar o las lógicas administrativas nos ha llevado a plantearnos escenarios de crisis y para Taleb, retrasar una crisis no es buena idea.

Cuestionar la crisis y accionar medidas para atenderla no nos exime de cometer errores, pero hacer que nuestros errores sean inteligentes, nos permitirá aprender. Los errores son parte de los sistemas y nos ofrecen información para aprender, “la naturaleza ama los pequeños errores. Sin ellos las variaciones genéticas serían imposibles.” Con esto no pretendo decir que todos los errores sean válidos, sino que existen aquellos que no destruyen un sistema, muy por el contrario, lo accionan, siempre y cuando no nos coloquemos a la defensiva, intentando justificarnos, de manera que perdamos la oportunidad de convertirlo en un área de mejora.

“la naturaleza ama los pequeños errores. Sin ellos las variaciones genéticas serían imposibles.”

Tener en mente la posibilidad de accionar, nos lleva a pensar en procesos de innovación, aquella que pueda ser radical, que no solo “mejore” sino que modifique de raíz y dé un giro grande a las actuales formas de hacer las cosas.

En mi opinión, considero que no se trata solamente de incluir tecnologías, dar más formación a los profesores, o hacer rediseño de los programas. Se trata de actuar bajo una lógica distinta, lograr un cambio de visión más cercano al aprendizaje y menos a la visión administrativa; pensar y crear desde la cultura digital, crear conexiones con otros, aprender juntos y actuar con riesgos controlados. Quizá el sistema no se podrá modificar del todo pero lo que sí se podrá modificar son las prácticas cotidianas, esas que le permiten seguir su naturaleza de ser un sistema en movimiento.
Nassim Nicholas Taleb. (2012). Antifragile: Things That Gain from Disorder. USA: Random House.